Hablar de la Santísima Virgen
María es un grandísimo gozo, es un deleite para el cristiano católico, porque
al contemplar tanta belleza, tanta virtud junta, tan perfecta respuesta de una
criatura a Tu Voluntad. Y verte a TI, mi Dios, actuando en ella. Colmándola de
tu Gracia desde antes de su nacimiento, desde que fue engendrada.
Y después, ver como colocabas en
ella, gracia sobre gracia, ver como la preparabas para que fuera su vientre tu
habitación, ver como habitaste primero en su corazón, y luego en su vientre,
quedar nuestra mente confundida de ver ¡Cómo una criatura pudo contener a Su Creador!.
Y tú lo hiciste, Señor en María,
en la Santísima Virgen María, Madre tuya y por gracia, también Madre Nuestra.
¿Cómo no sentir el corazón
inflamado de gozo al contemplarla a Ella? Al ver cómo ella iba guardando tus
palabras y atesorándolas en su corazón, ver como Tu Gracia la sostuvo aún con
su corazón traspasado al verte a Ti Crucificado.
¿Cómo pudo mantenerse firme? ¿Cómo
tuvo la capacidad de recibir en sus brazos Tu Cuerpo inerte?…
¡Cuán grande era su corazón y
cuánto dolor cupo en él, en tu pasión y muerte!
Pero tú, mi Señor, quisiste también mostrarnos la fuerza que el Espíritu Santo había. Comunicado a su Santísima esposa. Al permanecer ella presente en medio del Colegio Apostólico, ver como los Evangelios nos narran una visión de los apóstoles como niños asustados y temerosos, reunidos al derredor de María, y ver como ellos, tal como un niño corre a refugiarse en el regazo de su madre, así lo hicieron ellos al derredor de María.
Y la Santísima Virgen no solo les dio consuelo, también les dio testimonio de fortaleza y de esperanza. Se mantuvo fiel, y por su testimonio, también contribuyó a que los apóstoles se mantuvieran firmes en oración hasta recibir el Espíritu Santo.
Y en adelante, ellos fueron ya valientes y salieron a anunciar a Aquel a quien, por miedo, no pudieron acompañar en su Pasión y Muerte.
Después siguieron congregándose alrededor de María, Incluso cuando su Ministerio Apostólico no rendía frutos, cuando el desánimo los hacía desfallecer -como a Santiago- queriendo abandonar su labor, ella los consoló, ella los animó. Y fue de esta manera como llegó a nosotros la Buena Nueva: por la predicación de los apóstoles animados por María.
Y para coronar su vida como premio, por sus méritos y por su perseverancia, la elevaste Señor en cuerpo y alma.
No sólo con su vida María nos mostró el camino, sino también con su muerte, nos enseña que, perseverando unidos a tu amor, señor, alcanzaremos la resurrección.
¿Cómo no aferrarnos a los pies de tan Santísima criatura a la que tú elevaste Hasta tu altura? ¿Cómo no buscar ser fieles devotos de tan Santísima Madre?
Si por la acción del Espíritu Santo, ella engendró a Dios en la Encarnación, si por ella vino Dios al encuentro de la humanidad. ¿Cómo dejar de pensar, con la enseñanza de la Iglesia de todos los siglos, que no podemos llegar a Dios sin María? No porque Dios no pueda acercarse al hombre, sino porque Dios QUISO llegar por María y quiere llegar a cada uno por María.Si ella en Guadalupe, nos ofrece cobijarnos con su manto, mantenernos en Su regazo, en Fátima nos abre su Inmaculado Corazón para que habitemos en él, y en la Asunción nos muestra el camino que recorreremos, si permanecemos fieles a la Voluntad de Dios, fieles a nuestro llamado a la eternidad.
No fuimos hechos para permanecer en esta tierra, este nuestro débil cuerpo se deteriora, se enferma, se cansa. En cambio nuestra alma quiere volar libre, quiere volver hacia Dios de cuyas manos salió.
Ojalá no desechemos las Gracias
que a través de María Dios ha dado y sigue dando a todo aquel que quiere ser,
vivir y dar testimonio en el mundo como Hijo de Dios.
Que El Poderoso que ha hecho
obras grandes en su creatura: María, pueda, por la disposición de nuestros
corazones, actuar también en nosotros.

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