El mes de Septiembre, el centro de la Liturgia es la Virgen Dolorosa y la Exaltación de la Santa Cruz, y la Iglesia no los considera solo por mera admiración del valor y la capacidad heroica de Nuestro Señor, o de la Santísima Virgen, sino como ejemplo para la vida de aquel que se llama a si mismo -cristiano católico-.
¿Cómo podríamos permanecer indiferentes ante los sufrimientos del Señor y de la Santísima Virgen? Y sin embargo muchos de nosotros pasamos de largo ante la Cruz del Señor, o ante la imagen de Nuestra Señora de los Dolores.
Hoy queremos detenernos a reflexionar en estas figuras: La Virgen Dolorosa y el Sufrimiento, que está representado por la Cruz de nuestro Señor Jesucristo.
Para dirigirnos a la Santísima Virgen María, los católicos utilizamos distintos nombres, a los que también llamamos advocaciones. Algunas de las principales son:
- Nuestra Señora de Guadalupe: Patrona de México y de las Américas. Sus apariciones ocurrieron frente a San Juan Diego en 1531.
- Nuestra Señora de Lourdes: Patrona de los enfermos. Se relaciona con las apariciones de la Virgen en Lourdes, Francia, en 1858.
- Nuestra Señora del Rosario: Asociada con la oración del Rosario. Su celebración se relaciona con la victoria en la batalla de Lepanto en 1571.
- Inmaculada Concepción: Proclama que María fue concebida sin pecado original. Es celebrada el 8 de diciembre.
- Nuestra Señora de Fátima: Patrona de Portugal. Relacionada con las apariciones en 1917 a tres niños pastores en Fátima.
- Nuestra Señora del Carmen: Patrona de los Religiosos y Religiosas de la Orden del Carmelo. Se celebra el 16 de julio y se la representa con el escapulario.
- Nuestra Señora de la Merced: Patrona de los cautivos y libertadores. Su festividad es el 24 de septiembre.
- Nuestra Señora de la Salud: Invocada para las sanaciones físicas y espirituales.
“…Era un hombre lleno de dolor, acostumbrado al sufrimiento. Como a alguien que no merece ser visto, lo despreciamos, no lo tuvimos en cuenta. Y sin embargo él estaba cargado con nuestros sufrimientos, estaba soportando nuestros propios dolores. Nosotros pensamos que Dios lo había herido, que lo había castigado y humillado. Pero fue traspasado a causa de nuestra rebeldía, fue atormentado a causa de nuestras maldades; el castigo que sufrió nos trajo la paz, por sus heridas alcanzamos la salud. Todos nosotros nos perdimos como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, pero el Señor cargó sobre él la maldad de todos nosotros”.
A menudo, los momentos de prueba
conducen a una mayor dependencia de Dios y a un entendimiento más profundo de
Su voluntad
Romanos 5, 3-6
“…Nos gloriamos también en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación obra paciencia; la paciencia, prueba; la prueba, esperanza; y la esperanza no engaña, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones mediante el Espíritu Santo que nos ha sido dado. Porque cuando todavía éramos débiles, Cristo, al tiempo debido, murió por los impíos”.
Sufrimiento como participación en
la redención:
Principalmente, el valor del sufrimiento para los cristianos católicos, es que nuestros dolores, enfermedades, cansancios y cualquier padecimiento, pueden tener valor redentor, si los unimos a los sufrimientos de Cristo, pues por su Gracia, podemos así participar en la Obra de Redención.
Colosenses 1, 24.
“Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia”.
Esperanza en medio del
sufrimiento:
En medio de dolores y sufrimientos, los católicos podemos tener la certeza de la asistencia Divina, es decir, Dios que ha permitido en mi vida el sufrimiento, no solo no me abandonará en medio de mis padecimientos, sino que me dará las fuerzas necesarias para soportarlo, y más aún, El mismo estará conmigo, sosteniéndome, padeciendo mis dolores, llorando con mis lágrimas, porque Dios está cerca de sus creaturas y a quien le abre el corazón, Dios habita en él.
“…Nos gloriamos también en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación obra paciencia; la paciencia, prueba; la prueba, esperanza; y la esperanza no engaña, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones mediante el Espíritu Santo que nos ha sido dado. Porque cuando todavía éramos débiles, Cristo, al tiempo debido, murió por los impíos”.
Principalmente, el valor del sufrimiento para los cristianos católicos, es que nuestros dolores, enfermedades, cansancios y cualquier padecimiento, pueden tener valor redentor, si los unimos a los sufrimientos de Cristo, pues por su Gracia, podemos así participar en la Obra de Redención.
“Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia”.
En medio de dolores y sufrimientos, los católicos podemos tener la certeza de la asistencia Divina, es decir, Dios que ha permitido en mi vida el sufrimiento, no solo no me abandonará en medio de mis padecimientos, sino que me dará las fuerzas necesarias para soportarlo, y más aún, El mismo estará conmigo, sosteniéndome, padeciendo mis dolores, llorando con mis lágrimas, porque Dios está cerca de sus creaturas y a quien le abre el corazón, Dios habita en él.
El conocimiento de Cristo y su resurrección nos da esperanza, incluso en el sufrimiento. Sabemos que la muerte no tiene la última palabra y que somos llamados a la vida eterna
“Por tanto no nos acobardamos: si nuestro exterior se va deshaciendo, nuestro interior se va renovando día a día. A nosotros, que tenemos la mira puesta en lo invisible, no en lo visible, la tribulación presente, liviana, nos produce una carga incalculable de gloria perpetua”
“El sufrimiento vivido con fe puede servir de testimonio a otros sobre la esperanza y la paz que Cristo ofrece, mostrando que en medio de las pruebas, la fe se fortalece y se iluminan el camino, y no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las visibles son temporales; las invisibles, eternas."
SSMR Hna. Elvia Marina Morales Flores

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