Un tema que es recurrente en la vida de todo cristiano. Es normalmente un tema incómodo, e incluso es rechazado por personas de fe profunda porque contradice lo que el mundo señala que debemos procurar:
- Comodidad
- Tranquilidad
- Felicidad
Y para resarcir la ofensa que la creatura cometió contra su Creador, se hizo necesaria la intervención Divina, es decir: el ser humano que tuvo capacidad para romper su amistad con Dios por el pecado no tiene la capacidad para resarcir la ofensa hecha a Dios, y no puede aspirar a entrar de nuevo en amistad con Dios, y no lo hubiera hecho jamás sin la Encarnación, Muerte y Resurrección de Cristo.
Nuestro Dios que había sido ofendido por el pecado, no nos abandonó a las consecuencias de nuestra culpa, y para que la enemistad eterna con Dios no fuera el destino final de la humanidad, Nuestro Señor Jesucristo se ofreció en la Cruz.
La Cruz es entonces el instrumento de nuestra Salvación. 1 Pedro 2, 24: “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, viviésemos a la justicia.”
Catecismo de la Iglesia Católica Num. 517
TODA LA VIDA DE CRISTO ES MISTERIO DE REDENCIÓN. La Redención nos viene ante todo por la sangre de la cruz, pero este misterio está actuando en toda la vida de Cristo: ya en su Encarnación porque haciéndose pobre nos enriquece con su pobreza; en su vida oculta donde repara nuestra insumisión mediante su sometimiento; en su palabra que purifica a sus oyentes; en sus curaciones y en sus exorcismos, por las cuales "él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades"; en su Resurrección, por medio de la cual nos justifica.
Pero es en la Cruz, donde Jesús consuma su sacrificio
Catecismo de la Iglesia Católica Num. 616.
El "amor hasta el extremo" es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida. "El amor [...] de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron". Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.
Pero la historia no acaba aquí, y eso es justamente donde ya no es tan agradable para nosotros, porque muchos quieren el premio de La Vida Eterna, pero pocos quieren pasar por el sacrificio de la Cruz, que antecede a la Resurrección.
Así como para con los apóstoles tuvo mucha paciencia Nuestro Señor Jesucristo, y para prevenirlos sobre el escándalo de la Cruz, los llevó al Monte Tabor, donde les manifestó Su Gloria para que fueran capaces de soportar el triste espectáculo de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor:
En la antesala de la Pascua está la Transfiguración, por medio de la cual, El Señor muestra una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo "el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo" (Flp 3, 21). Pero ella nos recuerda también que "es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios" (Hch 14, 22):
Catecismo de la Iglesia Católica Num. 556
…«Pedro no había comprendido eso cuando deseaba vivir con Cristo en la montaña (cf. Lc 9, 33). Te ha reservado eso, oh Pedro, para después de la muerte. Pero ahora, él mismo dice: Desciende para penar en la tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el Camino desciende para fatigarse andando; la Fuente desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir?» (San Agustín, Sermo, 78, 6: PL 38, 492-493).
Sobre esto ya nos anticipaba Nuestro Señor:
Mateo 16, 24
“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame’.”
Esta es nuestra participación en el Misterio de Cristo:
618 La Cruz es el único sacrificio de Cristo "único mediador entre Dios y los hombres" (1 Tm 2, 5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, "se ha unido en cierto modo con todo hombre" (GS 22, 2) Él "ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida [...] se asocien a este misterio pascual" (GS 22, 5). Él llama a sus discípulos a "tomar su cruz y a seguirle" (Mt 16, 24) porque Él "sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas" (1 P 2, 21). Él quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios (cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor (cf. Lc 2, 35):
«Esta es la única verdadera escala del paraíso, fuera de la Cruz no hay otra por donde subir al cielo» (Santa Rosa de Lima, cf. P. Hansen, Vita mirabilis, Lovaina, 1668)
Por tanto, no se nos da una Redención ya terminada:
Colosenses 1, 24: “Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia.”
A ti y a mi, El Señor nos concede la oportunidad de participar de Su Cruz: si hoy nos permitió amanecer, esta es una oportunidad más que nos concede para cargar con nuestra cruz de cada día. Este es el camino que El Señor nos ofrece para que podamos hacer nuestra la Salvación que nos ofrece, este es el camino por el cual puedo esperar por la Misericordia de Dios, alcanzar la Resurrección después de nuestra muerte.
Sin embargo ¿Cuántas veces hemos despreciado las cruces que nos ofreces cada día?
La hemos rechazado por áspera, por pesada, pero Tu, siempre pensando en nuestra Salvación, pensando en nuestro bien nos la has ofrecido.
E incluso, cuando la hemos aceptado, quizás lo hemos hecho de mala gana ¡Que pobreza de corazón, de méritos, de virtudes! Que pudiendo, mediante la cruz, crecer en unión contigo, crecer en Tu amor, crecer en virtudes, la rechazamos, la despreciamos y buscamos consuelos, comodidades… cualquier cosa que contrarreste el peso y el dolor de la cruz.
Y esto, muy probablemente no es sino fruto de no fijar nuestros ojos en Tu Cruz, es porque no nos detenemos a verte, a contemplarte ahí desposeído, desnudo, abandonado y solo.
Si observáramos A Nuestro Señor Crucificado, si nos detuviéramos a mirarte en la Cruz ¿Cómo podríamos quejarnos de nuestros males? ¿Cómo podríamos buscar comodidades? ¿Cómo podríamos amarlas mirándote a Ti en la Cruz?
Tu la has puesto como un referente para que no apegándonos a nada ni a nadie en esta tierra, podamos llegar desposeídos hasta Ti que nos esperas con las manos llenas, no de los dones efímeros de esta tierra, sino de los eternos los que permanecerán para siempre.
Quienes te han amado profunda y verdaderamente, -como los mártires- no se han conformado con abrazar su cruz cotidiana, sino que despegándose de todo lo terreno, incluso de sí mismos, de su propia vida, te la han ofrecido, y así te han encontrado a Ti, recibiéndolos en la Gloria con un abrazo y no solo han entrado a Tu Reino Eterno, sino que los has agregado a Tu Cortejo nupcial.
Si los cristianos vivimos cada día despreciando las cruces cotidianas ¿Cómo podríamos aspirar a la Vida Eterna? ¿Al Eterno Premio?
Pidamos sinceramente al Señor perdón por rechazar las cruces de nuestra vida, por ser débiles y cobardes, y pidamos por intercesión de la Virgen Dolorosa, que te acompañó al pie de la Cruz y que recibió en sus brazos tu cuerpo inerte, que nos reciba también a nosotros y ruegue para estos débiles corazones la perseverancia en el caminar hacia Su Divino Hijo.
Que en lugar de renegar del dolor, del sufrimiento, de las pruebas y enfermedades, sepamos unir a Tu Santa Cruz, nuestras pequeñas cruces, y así, aunque pequeños y débiles, participemos también de Tu Obra redentora.
SSMR Hna. Elvia Marina Morales Flores


.jpg)